A pesar del contexto de crisis climática, la UE ha decidido no revisar una directiva obsoleta que ignora parte del litoral y deja fuera contaminaciones invisibles que pueden afectar a quienes disfrutan del baño y los deportes acuáticos, así como a los ecosistemas.
El sistema actual solo analiza dos bacterias (Escherichia coli y enterococos), únicamente durante el verano y en zonas acotadas para bañistas.
¿Son realmente seguras las aguas donde nos bañamos?
Aunque el último informe europeo afirma que el 85 % de las zonas de baño son “excelentes” –es decir, que cumplen las normas más estrictas de calidad– Surfrider Foundation Europe, ONG dedicada a la conservación de los océanos, advierte que esta evaluación ofrece una imagen engañosa y peligrosa: solo se analizan dos bacterias, durante el verano, y en zonas oficialmente designadas para bañistas.
España, donde el turismo costero representa más del 30 % del PIB turístico, cuenta con más de 8.000 kilómetros de costa. Millones de bañistas y aficionados a los deportes náuticos disfrutan de ella durante todo el año. “Y no conocen realmente qué hay en esas aguas, porque no se mide”, explica Xavier Curto, coordinador de Surfrider España. Según denuncia esta ONG, la evaluación actual de las aguas recreativas es incompleta, poco exigente y profundamente desfasada frente a los desafíos ambientales y de salud pública de hoy en día. Pese a ello, la Comisión Europea ha decidido no revisar la Directiva sobre aguas de baño (2006/7/CE), una normativa adoptada hace casi 20 años y que hoy resulta ineficaz ante los nuevos tipos de contaminación.
La Comisión Europea ha confirmado que no considera prioritaria la revisión de la Directiva sobre la gestión de la calidad de las aguas de baño, a pesar de que lleva mucho tiempo siendo esperada. Desde Surfrider consideramos esta decisión incomprensible: fue la propia Comisión quien lanzó una evaluación profunda de esta directiva, acompañada de un estudio de impacto cuyos resultados se publicaron en marzo. De forma paradójica, este informe señala —aunque de forma poco clara— que una revisión sería positiva para abordar mejor los nuevos desafíos ambientales y sanitarios.
A principios de este año, la Comisión publicó las conclusiones de su evaluación, que son inequívocas y coinciden claramente con nuestro análisis: el nivel de ambición de la Directiva no está en consonancia con el Pacto Verde Europeo ni con el Plan de Acción de Contaminación Cero, y tampoco responde al conocimiento científico actual. Además, la coordinación entre las distintas normativas que afectan a la calidad del agua carece de coherencia. Por todo ello, desde Surfrider lamentamos profundamente que la Comisión no reconozca la importancia de proteger tanto los ecosistemas acuáticos —afectados por múltiples fuentes de contaminación— como la salud de millones de personas que disfrutan del agua cada año.
Y es que, a día de hoy, la evaluación de la calidad de las aguas recreativas se basa únicamente en el análisis de dos bacterias (E. coli y enterococos), durante el verano y solo en zonas acotadas oficialmente para el baño. Esto significa que se dejan fuera, por un lado, áreas para prácticas deportivas como el surf, el paddle o el snorkel, tanto en temporada como fuera de ella; por otro, contaminantes invisibles que amenazan la salud pública y los ecosistemas, como microplásticos, cianobacterias, residuos flotantes, contaminantes químicos persistentes (como los PFAS) o floraciones algales nocivas.
Los puntos ciegos de la directiva
Aunque E. coli y los enterococos son buenos indicadores de contaminación fecal, no representan la totalidad de los riesgos sanitarios y ambientales a los que estamos expuestos. Limitar el análisis a estos dos parámetros oculta múltiples formas de contaminación que afectan tanto al ecosistema como a la salud pública. “Imaginemos darnos un baño tras una lluvia fuerte en una playa urbana: el agua puede estar cargada de residuos que vienen del alcantarillado, aceites de coches o restos de productos de limpieza, y sin embargo puede que no se observen a simple vista”, ha explicado Curto.
Contaminantes químicos como hidrocarburos, pesticidas o metales pesados son invisibles a simple vista pero extremadamente persistentes. Incluso en concentraciones mínimas pueden provocar alergias, alteraciones hormonales o efectos tóxicos crónicos.
Los plásticos y microplásticos, presentes tanto en el agua como en la arena de muchas playas con Bandera Azul, actúan como vectores de toxinas y bacterias patógenas, multiplicando los riesgos sanitarios.
También son preocupantes las cianobacterias y algas tóxicas, que liberan sustancias neurotóxicas o hepatotóxicas que afectan a personas y animales. El cambio climático y el exceso de nutrientes en el agua están favoreciendo su proliferación de forma alarmante.
A todo esto se suma la creciente amenaza de la resistencia antimicrobiana: las aguas residuales mal tratadas pueden liberar bacterias resistentes a antibióticos, un riesgo emergente de salud pública que no es detectado por los métodos actuales de vigilancia.
“Estas limitaciones representan un verdadero punto ciego en materia de protección sanitaria y medioambiental. Y estamos ante un claro caso de inacción institucional. La Comisión reconoce las limitaciones de la directiva, pero se niega a actuar. No proteger la salud de millones de personas que disfrutan del océano, ni los ecosistemas acuáticos, afectados por múltiples fuentes de contaminación, es una irresponsabilidad política”, añade Curto, en el marco de una campaña de denuncia iniciada por la ONG a nivel europeo.
Las propuestas de Surfrider
La actual Directiva sobre aguas de baño (2006/7/CE) tiene casi 20 años de vigencia. En 2022, la Comisión anunció el aplazamiento de su revisión. Ahora, en 2025, ha confirmado que no revisará formalmente el texto, una decisión tomada sin consultar a las partes interesadas y tras un proceso marcado por la falta de comunicación clara.
En un contexto de cambio climático y contaminación creciente –aguas pluviales contaminadas, desbordamientos de aguas residuales, presencia de químicos persistentes como las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS)–, Surfrider Foundation Europe exige una evaluación más amplia y ambiciosa para garantizar tanto la seguridad real de la ciudadanía, como la resiliencia de los ecosistemas acuáticos.
No es una reclamación nueva. Ya desde 2021, la ONG viene reclamando a la Comisión Europea la implementación de medidas que permitan modernizar esta directiva. Entre las propuestas destacan:
- La vigilancia de las aguas durante todo el año (y no solo en verano)
- La inclusión de nuevos parámetros de contaminación
- La ampliación del número de zonas vigiladas
- La mejora del acceso público a la información sobre la calidad de las aguas y la participación ciudadana.
Pese a este revés institucional, la organización continuará su trabajo de presión política ante las instituciones europeas para exigir una normativa a la altura de los desafíos ambientales y sanitarios actuales. Además, reforzará su labor de sensibilización y movilización ciudadana en España y en toda Europa, con el objetivo de lograr una verdadera protección de las aguas recreativas y de las personas que disfrutan de ellas, los 365 días del año. “Vamos a seguir presionando desde la sociedad civil, desde la ciencia y desde el activismo. Porque no hablamos solo de bañarse en verano, hablamos de salud pública, de ecosistemas marinos y de justicia ambiental”, concluye Curto.
Actualización: Surfrider España monitorea las aguas de baño de Barcelona gracias al Ayuntamiento de Barcelona (https://surfrider.es/surfrider-analiza-la-calidad-del-agua-en-barcelona-a-lo-largo-del-ano-y-detecta-picos-de-contaminacion-tras-episodios-de-lluvia/)




Comments(02)